El individuo como sujeto histórico – social construye valoraciones, y al hacerlo crea los valores y los bienes en los que aquellos se representan. Es decir, los valores son edificaciones que perduran y se realizan en el ser humano, por y para éste. Por ende, las cosas naturales o creadas por el sujeto, sólo adquieren un valor al establecerse la relación entre aquellas y éste, quien las integra a su mundo como cosas humanizadas.
Blog Educativo fundado por Docentes 2.0 ® el 7 de Junio de 2013
LA EDUCACIÓN EN VALORES
El individuo como sujeto histórico – social construye valoraciones, y al hacerlo crea los valores y los bienes en los que aquellos se representan. Es decir, los valores son edificaciones que perduran y se realizan en el ser humano, por y para éste. Por ende, las cosas naturales o creadas por el sujeto, sólo adquieren un valor al establecerse la relación entre aquellas y éste, quien las integra a su mundo como cosas humanizadas.LOS RESPONSABLES DE LA EDUCACIÓN EN VALORES
La institución educativa no es el único lugar en el que se educa en valores, pero, quizá ahora más que nunca, es muy conveniente recuperar su protagonismo al respecto por diferentes razones. La institución es uno de los lugares en los que más tiempo se está durante los primeros años de vida; además, se puede aprender a respetar a los demás y a ser respetado, a estimar unos valores y denunciar la falta de otros, a comportarse de una manera cooperativa, solidaria e interdependiente, entre otros.Es pertinente resaltar, que los docentes y los padres son los primeros responsables de la educación de los hijos y estudiantes, es por eso que "el hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes", ya que es el primer ambiente natural y necesario de la educación es la familia, a los padres corresponde en primer lugar el derecho de mantener y educar a sus propios hijos en valores. La familia es "la primera escuela de solidaridad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer". La educación en valores se fundamenta en el respeto mutuo del rol de los docentes, estudiantes y de la familia, y este requiere:
- La revalorización de la figura del educador y el desarrollo de un código de acciones previamente acordadas.
- Utilizar el diálogo interactivo entre docentes, estudiantes, padres.
- Promover el desarrollo e interiorización de valores a través de técnicas y actividades diversas.
- Conducir a mejorar el rendimiento escolar, disminuir la conflictividad, socializar al individuo, asimilar e integrar valores, actitudes y normas.
- Sustituir determinados valores por otros más acordes con la idea de que vivimos en un solo mundo.
Lo importante de la educación es el ser de cada educando. La educación ha de proporcionarles una formación que les permita conformar su propia identidad. Para ello, se hace necesario potenciar actitudes y valores que configuren y modelen las ideas, los sentimientos y las actuaciones de los jóvenes. Los valores ayudan a crecer y hacen posible el desarrollo armonioso de todas las cualidades del ser humano. Se hace necesario aprender, porque los valores nos acompañan toda la vida. Aprender a escuchar, a estar disponible, a ser tolerante, a trabajar, a ganar y perder, a tomar decisiones, entre otros. Las primeras edades son fundamentales para el desarrollo de actitudes de relación interpersonal.
En síntesis, es necesario desarrollar en ellos una serie de habilidades que hagan emerger las capacidades de seguridad, autoestima y autonomía, permitiendo que se formen plenamente como personas. Los cuatro valores clave son: Autoestima, Tolerancia, Responsabilidad y Cooperación.
LA DIFICULTA EN LA TRANSMISIÓN DE VALORES
Los seres humanos fundan sus valores a través de la socialización. Y, ésta se presenta en dos fases de la vida: en el seno de la familia, y en la institución educativa. Una de las características de la socialización, es la carga afectiva con la que se trasfieren los contenidos y la identificación con el mundo tal y como lo presentan los adultos.Asimismo, la creciente variedad de estructuras que adquieren las familias en la actualidad, ha llevado a que las prácticas cotidianas y los tipos de relaciones en las que interactúan sus miembros, se modifiquen drásticamente dando como resultado, por un lado, la inversión de valores que viven los hijos y, por otro lado, la poca destreza de los padres para educarlos en lo esencial. Debido a ello y al insuficiente tiempo con que muchos padres cuentan para atenderlos, se desconectan de la vida diaria de sus hijos, y para compensarlo, los llevan a colegios en los que confían la formación valoral de los pequeños a docentes que consideran competentes.
La dificultad no termina ahí, ya que existe un análisis entre lo que se enseña en la familia y lo que la institución educativa determina como valioso, esto representa para los estudiantes una contradicción entre lo que se afirma que es bueno en casa y lo que los docentes transmiten como valor; provocando en los educandos graves confusiones y una pérdida de autoridad de ambos educadores. Asociados a esta situación, existen otros agentes socializadores que en la actualidad cobran cada vez mayor importancia en la vida de los estudiantes.
Estos agentes hacen referencia a la transmisión de valores que se produce en los diferentes ámbitos sociales en los que los pequeños interactúan, y que educan de acuerdo a sus valores:
1. Una formación en las creencias que la familia sostiene acorde a sus creencias ideológicas y/o religiosas.
2. Principios y conductas específicas que practican sus amigos.
3. La carga de valores y antivalores a los que se encuentran expuestos por largas horas a través de los medios de comunicación, en especial la televisión, la cual les “vende” sus propios “valores”.
Otra de las dificultades que se percibe es la incoherencia en las conductas que muestran los modelos a seguir que con frecuencia carecen de consistencia con respecto a lo que enseñan. Esta incoherencia que perciben los estudiantes día a día en la actuación de dichos educadores no sólo los confunde, sino que esta pierde toda la fuerza que se requiere para vivir auténticamente una vida recta.
La institución educativa se muestra como un lugar donde se abre la posibilidad de establecer relaciones con sujetos que tienen visiones diferentes del saber hacer cotidiano a partir de los códigos que han aprendido en sus casas. La institución educativa, se convierte en un lugar privilegiado donde se relacionan con diversos grupos con culturas propias, con formas particulares de valorar el mundo que les rodea y lo complementan con la forma particular que desarrolla en sus aulas para ampliar sus horizontes.
EDUCAR EN VALORES.
Realmente, las instituciones educativas saben muy poco acerca de cómo hacer mejores a los hombres. Pero, de acuerdo con el autor Latapí la realidad es que “Sabemos poco acerca de la ética en la educación y de cómo hacer operativa una ética determinada a través de enfoques metodológicos para educar en valores”. Es muy poco lo que se ha avanzado en estos años, a partir del retorno de la preocupación moral a la institución educativa. En el terreno teórico, más allá de las corrientes que podemos considerar clásicas, en las que da recuento el autor Escámez en su obra ya clásica: “La enseñanza de actitudes y valores”, proyecto de vida y desarrollo de la personalidad moral, que han generado intentos de instrumentación didáctica como el aprendizaje servicio o el desarrollo del autoconocimiento de los educandos y su visión de futuro a través de planes de vida.
Ambos direcciones suplican la necesidad de una mayor integralidad de la formación valoral, superando la visión predominantemente racional del enfoque de Kohlberg y tratando de considerar al educando y su dimensión valoral en su dimensión afectiva y en la visión reflexiva sobre su correcta existencia más que en la clarificación de valores abstractos o principios éticos universales y de su inclusión en una comunidad humana concreta para mejorar sus condiciones de vida.
No obstante, estos pruebas de construcción teórico-práctica de enfoques de educación valoral, más adecuados al nuevo conocimiento sobre el aprendizaje de los estudiantes y a nuevos pensamientos de los valores en la educación en sociedades abiertas, plurales y democráticas no han sido suficientemente trabajados en donde los programas y textos de formación en valores de uso periódico tienen todavía mucho del enfoque de enseñanza de valores aunque dicha enseñanza o inculcación se proponga a través de medios dialógicos, activos y participativos.
Poco se sabe de cómo educar en valores todavía y desdichadamente el estado del conocimiento en esta área temática muestra todavía una superioridad de investigaciones empíricas sobre los valores declarados por estudiantes y docentes en diversos niveles o sobre los valores a enseñar en los planes de estudio y las legislaciones y políticas sobre educación en valores en los sistema educativo, con algunas excepciones destacables pero minoritarias como es el caso de la investigación de Fierro y Carbajal, que parte de un marco teórico respaldado en enfoques filosóficos y psicológicos del tema y construye una manera novedosa de indagar la oferta valoral de los docentes, que es aplicable sin duda a otros niveles educativos y contextos geográficos.
Lo poco que se sabe, no llega a ser conocido por los actores de la educación. Los docentes y directores escolares hablan del tema de la educación en valores, pero muchas veces sin haber estudiado los enfoques existentes para instrumentar esta dimensión de la educación y mucho menos tomando una postura clara sobre el tema.
Pero el problema de fondo, es más grave aún y aquí retorna a surgir con urgencia la relevancia de la obra de Latapí y sus contribuciones para la educación. El problema fundamental es que la preocupación de los docentes, directivos, funcionarios y parece ser que aún de los diseñadores curriculares y autores de textos sobre el tema es una preocupación exclusivamente práctica y reducidamente práctica.
Se considera, que el problema es encontrar un método a modo de receta firme para la formación valoral y que este método vaya acompañado de materiales, técnicas, instrumentos que resuelvan el problema sin necesidad de aportar nada de parte de los educadores. En este escenario, se vive una auténtica confusión y se cae en una elección en la formación en valores porque no se está dando a la Filosofía, a la ética entendida como Filosofía moral el papel que le corresponde para sustentar todas las mediaciones y aplicaciones didácticas que puedan irse creando.
La preocupación del autor, en todos los temas educativos durante su carrera como pionero de la investigación educativa, fue siempre la de estudiar el fenómeno educativo en toda su complejidad, lo que implica trabajar de manera interdisciplinaria. En el campo de los valores sería necesario entonces una investigación que reflexione los aportes de la Psicología, la Sociología, la Pedagogía, la Didáctica, la teoría curricular y de manera muy relevante de la Filosofía.
Asentar en el diálogo estas disciplinas y no despreciar el aporte filosófico que sigue considerándose como ajeno a la investigación, que resulta fundamental para continuar con el ejemplo que el mismo Latapí nos aporta con su obra. Hacen falta filósofos de la educación que se enfoquen a investigar nuevos enfoques éticos que puedan reconocer a los tiempos actuales y derivarse en propuestas de instrumentación didáctica para la educación valoral.
LA ÉTICA EN LA DOCENCIA.
La ética es el ideal de la conducta humana, alineado sobre lo que es bueno y correcto y se consolida cuando se internalizan las normas sin que exista presión alrededor para su cumplimiento. La ética de un profesional se gesta desde la formación del mismo, por ello el docente debe actuar en esta etapa, y para realizar esta labor tiene que conocer de ética y cómo debe ser su comportamiento como docente. El término ética se utiliza con frecuencia en la docencia, no obstante, muchas personas no conoce bien de lo que se trata. Los docentes, una de sus funciones es la asesoría académica, que tiene como misión promover la formación integral de los estudiantes, de manera que puedan desarrollar sus potencialidades y capacitándolos para responder a las demandas que le plantee la realidad laboral en lo humanístico y científico-tecnológico. González, afirma que "la ética de un profesional no se adquiere en la práctica de la profesión, sino que se gesta desde la formación profesional", y es aquí donde los docentes deben actuar. Para realizar favorablemente esta labor tienen que conocer qué es la ética y cómo debe ser su comportamiento como asesores académicos.
La ética está relacionada con la cultura innata a un pueblo, a una comunidad. El docente debe responder de sus actitudes frente al medio donde se desenvuelve y respetar la escala de valores que tiene la sociedad, sin negar el derecho que le asiste para que esta escala de valores se perfeccione. La responsabilidad del docente es eminentemente personal, va más allá de la responsabilidad penal y reposa en un concepto moral que se llama conciencia individual.
El docente deberá:
- Ejecutar su rol con estricto apego y respeto a las consideraciones éticas y valores morales individuales y sociales.
- Deducir la educación como uno de los derechos humanos fundamentales, contemplado constitucionalmente, que debe brindarse a todos por igual, con el mayor nivel de calidad posible.
- Transferir sus programas de manera que impidan la discriminación sobre la base del sexo, estado civil, raza, clase social, convicciones políticas, discapacidad, religión, etnia, orientación sexual y edad.
- Apoyar la vigencia plena de los derechos humanos, la defensa del sistema democrático, la búsqueda permanente de la libertad, la justicia social y la dignidad, como valores fundamentales para el ser humano y para la sociedad en la cual participa.
- Crear al estudiante desde una perspectiva integral, como un sujeto multideterminado por una trama de vínculos internos y externos, emergente en un contexto histórico, portador de una ideología, inscripto en una cultura, inmerso en sus circunstancias socioeconómicas y políticas.
Deberes Generales del Docente:
- Proceder con desinterés, lealtad, veracidad, eficiencia y honradez. No deberá aconsejar ni ejecutar actos dolosos, hacer aseveraciones falsas o maliciosas, que puedan desviarlo de su función como docente.
- Debe abstenerse de participar activa o pasivamente en cualquier acción o forma de tortura, tratos crueles, inhumanos o degradantes, que atente contra los derechos humanos reconocidos mundialmente; incitar a ellos, encubrirlos o intentar cometerlos.
- Preservar el respeto a su dignidad como persona y como profesional. Todo acto profesional que se realice en forma apresurada o deficiente con el objeto de cumplir con una obligación administrativa o por motivos personales, constituye una conducta reñida con la ética.
- Perfeccionar permanentemente sus técnicas de enseñanza.
- Mantenerse informado de los adelantos científicos y técnicos de su área. Evitar la improvisación y el empirismo.
- Asistir y ser puntual en el cumplimiento de su deber.
- Mantener una vida pública y privada ejemplar.
- La conducta del asesor debe ajustarse a las reglas del honor y de la dignidad.
- Entender que su labor es de servicio público, y no de carácter lucrativo.
- Contribuir al desarrollo de la personalidad, la formación de ciudadanos aptos para la vida, para el ejercicio de la democracia, el fomento de la cultura y el desarrollo del espíritu de solidaridad humana.
- Abstenerse de realizar asesorías a personas que tengan con él vínculos de autoridad, familiaridad o de estrecha intimidad, debiendo en todos los casos restringir su relación al área estrictamente profesional.
- Una asesoría complicada no constituye un motivo para privar de asistencia a un estudiante. En los casos difíciles y prolongados es conveniente realizar consultas con otros profesionales en beneficio del asesorado.
LA PÉRDIDA DE VALORES EN LA DOCENCIA.
La transformación por la que atraviesa el mundo actual y el carácter incierto de los acontecimientos que se suceden, generan un cuadro que suscita entre investigadores e intelectuales los caracteres propios de una contienda. Así es que se aprecian visiones que se debaten entre la apología ingenua y el desasosiego de la denuncia enconada. Nuestra época de transformaciones también es el escenario de tragedias indescifrables, de creaciones inesperadas cada vez más intangibles y evanescentes. Como lo señalara Ernesto Samper lo que hoy se llama globalización, no constituye un escenario en el sentido de un argumento bien concatenado de sucesos y estrategias, sino, por el contrario, un locus en cuya superficie se desarrolla un avance incierto hacia un orden nuevo en las relaciones interplanetarias, distinto del que caracterizó a la Guerra Fría.Como ha sucedido en otros periodos de la historia contemporánea es hacia la educación donde primero se dirigen los propósitos de transformación socioeconómica de los países. Así, los cambios experimentados por nuestras sociedades donde el conocimiento, la información y la comunicación se han vuelto centrales, proyectan nuevos desafíos a la educación. Sin embargo, es la educación desde un núcleo teórico bien estructurado la que debe abordar sus propias problemáticas y no actuar de manera simplemente funcional a los cambios que se desarrollan a su alrededor. Y tal núcleo teórico se enfrenta hoy al dominante de pensar la situación actual de una cultura, economía y sociedad diferentes.
Es por ello, uno de los aspectos centrales que encierra reflexionar es la nueva configuración ofrecida por la función cultural que cumple la educación, en tanto hoy rige sobre ella el imperativo de dirigir la educación hacia el conocimiento. Un conocimiento que es preciso diferenciar de una amplia variedad de capacidades de acceso, procesamiento y recopilación de información de los que provee actualmente la psicología educativa, así como de las habilidades operativas específicas que interesan a la producción económica. Ambas aproximaciones tienden a separar al conocimiento y a la educación del rol que juegan en la cultura y sociedad actuales y a los que cabe el rol de una formación ciudadana capaz de integrar al cuerpo social.
Algunos planteamientos apuntan en una dirección similar al reconocer que el imperativo económico de formación para el trabajo carece de fundamento sin la debida formación ética de los futuros ciudadanos, quienes habrá de juzgar y de decidir acerca de los rumbos adoptados en el pasado y a seguir en el futuro por las economías nacionales. Un sistema educativo abocado a la transformación económica de un país que no provea de la formación suficiente para que sean los diversos espacios sociales y culturales pertenecientes a un país los que decidan acerca de la transformación de los sistemas educativo y económico, es un sistema que opera de modo tecnocrático sin dotar a la educación de un rol claro en lo cívico, lo social y lo cultural.
Los efectos de ello no impactan sólo sobre lo económico, puesto que amenazan también a la gobernabilidad, la equidad y la integración social. En la educación, planteamientos como el anterior, ven la necesidad de apuntar no sólo hacia un desarrollo económico, sino que precisamente para dar sustentabilidad social al mismo, que éste se vea acompañado por un desarrollo en la creación de redes de participación ciudadana y en una integración social equitativa. Ello involucra poner el acento en modalidades eficientes de descentralización del sistema educativo que permitan una efectiva democratización del sector, la implementación de políticas de discriminación positiva que sienten las bases para una equidad en el acceso social a la educación y una formación docente capaz de dar efectivo sustento a las reformas educativas implicadas.
A pesar de los ya mencionados esfuerzos teóricos por establecer una deontología que satisfaga las necesidades actuales, el relativismo moral ha atravesado de tal manera en nuestra sociedad, que todas las profesiones han sufrido un deterioro ético que enflaquece el correcto desempeño. Es la advertencia que el propio Altarejos nos hace en su texto y que debe ser llevada inmediatamente al plano de la labor educativa que es, sin duda, uno de los ámbitos que entraña mayor exigencia ética de parte de la sociedad, como lo experimentan otras profesiones de alto impacto en la comunidad. “Todo acto de enseñanza es intrínsecamente ético”, por tanto cada acto o discurso del docente debe procurar el beneficio de sus estudiantes.
Su responsabilidad es tal, que no puede suspender su actividad ni callar utilizando determinadas justificaciones para no caer en falta ética, como lo puede hacer un profesional de otra área. La docencia lleva consigo una práctica ética que comporta destrezas y metodologías didácticas, de ahí que su comportamiento ético también debe dar paso a la formación ética de los estudiantes. La docencia posee una “configuración radicalmente moral” que le da a su ética profesional un sentido propio, diverso y más sustantivo que el de otras profesiones.
Lastimosamente, la docencia ha tenido que enfrentarse a problemas adjuntos que le han dificultado centrarse en su sola labor educativa. Desde hace mucho tiempo, la profesión docente ha sufrido un “deterioro social” que le ha hecho perder el prestigio de antaño, y del cual gozan otras profesiones cada vez más justificadas. Hoy se hace necesario contribuir al aumento del prestigio profesional de los docentes, el cual debe ir de la mano con el desarrollo de un compromiso moral del profesorado que incorpore el debido servicio a los educandos y la exigencia de un constante perfeccionamiento.
El docente debe consolidar un modo de ser propio configurado por virtudes profesionales, es decir, capacidades que destaquen su profesionalidad. Un aspecto importante para contribuir con los fines enunciados, es la necesidad de seguir investigando en el campo de la ética docente pues, como en el caso de los contenidos factibles de entregar a los estudiantes, el material puede ser abundante pero no ha logrado resultados satisfactorios. La búsqueda debe llegar incluso más allá de la actividad de los profesores, pues la enseñanza es núcleo común de muchas otras actividades vinculadas a la docencia. La importancia de una permanente interiorización y producción de este tipo de contenidos radica en que un carácter esencial de la profesionalización puede llegar a ser la capacidad investigativa.
La labor profesional docente es también cooperación, por ello debe ser asumida como ruta privilegiada para la necesaria re-humanización de nuestras comunidades. Asumir este reto como parte de la llamada “vocación” significa encarnar una ética facilitadora del encuentro entre iguales, encaminada a una legítima y democrática exploración de los intereses compartidos, inscritos en las necesidades de las personas y los pueblos; congruentes, además, con la exigencia de ampliar los horizontes del respeto a todos y cada uno de los seres humanos. Requerimos de una re-conversión de hombres y mujeres en ciudadanos y ciudadanas consientes, libres y responsables, plenamente partícipes de los procesos de socialización cultural, política, económica, etc. Cada uno debe sentirse parte de aquella comunidad histórica concreta en que ha surgido y en que se ha forjado con una idiosincrasia propia.
El desafío de los profesores no es sólo transmitir conocimiento, su profesión conlleva un desafío de enorme resultado moral: formar hombres y mujeres libres capaces de autonomía moral, pero también felices y en constante relación constructiva con los demás. Porque aunque la ética es en sí misma primariamente personal, esta primacía no conlleva una indiferencia hacia una ética social. En esta doble perspectiva, estrechamente ligada a la educación en valores, es donde deben situarse los cometidos sociales de la profesión docente. Porque en ellos se asienta mucho de lo que justifica su presencia y relevancia en la vida de cada individuo, asociada a la prestación de un servicio público, con proyección y vocación públicas. Y esto no puede hacerse de cualquier manera. De ahí la insistencia en forjar una verdadera formación ética de carácter social, que inscriba el trabajo de los profesores en la senda de los intereses comunes de la sociedad.
ÉTICA Y VALORES EN LA DOCENCIA.
Hoy en día el mundo se encuentra sumergido en un proceso de cambio con implicaciones de profundo alcance para las organizaciones educativas, sobre todo en el área de educación superior. De acuerdo con Allegro (2000), estos cambios están marcados por la crisis en la educación, en cuyo ámbito se tiene que decidir cómo cambiar los paradigmas de formación del profesional docente.En las comentadas transformaciones se les solicitan indudablemente a los docentes universitarios una preparación adecuada que les permita liderar el proceso de enseñanza respondiendo a las exigencias del entorno social y laboral de los egresados, así como a la necesidad de formarse como instructores en el área de desempeño de sus funciones.
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